lunes, 24 de noviembre de 2008

De la caridad a la fe por el amor

San Agustín contaba en algunos de sus escritos que cuando uno se aparta de la fe, irremediablemente se aleja de la caridad. No podemos amar lo que no tenemos la certeza de si existe o no. En definitiva, que desde la fe reconocemos y aceptamos a otros en su bondad, en sus valores y riquezas personales, y sólo a partir de esta aceptación podemos amarlos (cf. De doctrina christiana I, 37, 41).
Posiblemente en algunos de nosotros vivimos en este sentido una crisis de amor, de fe y consecuentemente de caridad. Si en mi grupo de fe, en mi comunidad, no somos conscientes que debemos darnos, de pensar en los demás, de salir de uno mismo para servir, para dar entonces estamos pasando aunque no queramos verlo por una crisis de fe. Esa crisis de fe es una crisis de amor y caridad al otro en la entrega y en el estar atentos.
Quizá nos faltan ojos para ver y oidos para oir que sin la presencia de ellos no estoy en Presencia de Dios. A veces no resulta nada fácil ofrecer nuestro tiempo o nuestro afecto a alguien desconocido, pero ¿y a alguien conocido? Existe la posibilidad de renovar esa fe y de HACERNOS PRESENTES en los otros porque también Tú caminas a nuestro lado con mirada de fe, afecto y confianza. Su mirada nos dignifica, nos hace redescubrir esos valores que hay en nosotros, ese amor que Dios nos tiene, también cuando somos pecadores. ¿No vino Cristo a buscar a la oveja perdida? ¿No hay fiesta en el cielo por cada hijo lejano que vuelve a casa? ¿No continuamos el camino de cursillos interiorizando en nosotros el hijo pródigo?Hemos de pedir, cada día, el don de la fe.
Una fe que nos permita crecer en el amor en comunidad. Una fe que sea entrega, lucha y se alegra. Fe en el esposo o la esposa, fe en los hijos, fe en el socio de trabajo, fe en quien busca romper el nudo de la crisis con un poco de honradez. Hay que renovar esa fe que nos lleve a crecer en el amor.

jueves, 20 de noviembre de 2008

La Eucaristía, nuestra respuesta es la caridad

Quisiera ilustrar el vínculo entre la Eucaristía y la caridad a parti de unas Palabras del Papa Benedicto XVI, el domingo 25 de septiembre de 2005.
"Caridad" ―en griego ágape, en latín caritas― no significa en primer lugar el acto o el sentimiento benéfico, sino el don espiritual, el amor de Dios que el Espíritu Santo infunde en el corazón humano y que lo impulsa a entregarse a su vez a Dios mismo y al prójimo (cf. Rm 5, 5).
Toda la existencia terrena de Jesús, desde su concepción hasta su muerte en la cruz, fue un único acto de amor, hasta tal punto que podemos resumir nuestra fe con estas palabras: Iesus Caritas, Jesús Amor. En la última Cena, sabiendo que "había llegado su hora" (Jn 13, 1), el divino Maestro dio a sus discípulos el ejemplo supremo de amor, lavándoles los pies, y les confió su más preciosa herencia, la Eucaristía, en la que se concentra todo el misterio pascual, como escribió el venerado Papa Juan Pablo II en la encíclica Ecclesia de Eucharistia (cf. n. 5).
"Tomad, comed: este es mi cuerpo... Bebed de ella todos, porque esta es mi sangre" (Mt 26, 26-28).
Las palabras de Jesús en el Cenáculo anticipan su muerte y manifiestan la conciencia con que la afrontó, transformándola en el don de sí, en el acto de amor que se entrega totalmente. En la Eucaristía, el Señor se entrega a nosotros con su cuerpo, su alma y su divinidad, y nosotros llegamos a ser una sola cosa con él y entre nosotros. Por eso, nuestra respuesta a su amor debe ser concreta, debe expresarse en una auténtica conversión al amor, en el perdón, en la acogida recíproca y en la atención a las necesidades de todos. Numerosas y múltiples son las formas del servicio que podemos prestar al prójimo en la vida diaria, con un poco de atención. Así, la Eucaristía se transforma en el manantial de la energía espiritual que renueva nuestra vida de cada día y renueva así también el mundo en el amor de Cristo.
Ejemplares testigos de este amor son los santos, que han sacado de la Eucaristía la fuerza de una caridad activa y, a menudo, heroica. Pienso ahora sobre todo en san Vicente de Paúl, que dijo: "¡Qué alegría servir a la persona de Jesucristo en sus miembros pobres!".
Y lo hizo con toda su vida. Pienso también en la beata madre Teresa, fundadora de las Misioneras de la Caridad, que en los más pobres de entre los pobres amaba a Jesús, recibido y contemplado cada día en la Hostia consagrada. Antes y más que todos los santos, la caridad divina colmó el corazón de la Virgen María. Después de la Anunciación, impulsada por Aquel que llevaba en su seno, la Madre del Verbo encarnado fue de prisa a visitar y ayudar a su prima Isabel.
Oremos para que todo cristiano, alimentándose del Cuerpo y de la Sangre del Señor, crezca cada vez más en el amor a Dios y en el servicio generoso a los hermanos.
Puedes rezar hoy el Ángelus como señal de alimento.

sábado, 15 de noviembre de 2008

Caridad

Pincha para escuchar (letra y música: Oscar Gómez; Intérprete: Siempre Así)

Caridá necesitamos los pobres
Caridá para tener caridá
Caridá, mi virgencita del cobre
Que no falte ni que sobre
Pa’ toda la humanidad.

Caridá que se me olvide tu nombre
Caridá pero no dejes de estar
Ay que ver, las cosas que tiene el hombre
Que pa’ olvidarse del hambre,
Inventó la caridá.

Ayé, ayá
Por dónde está
La solución
La claridá
Aye, ayá.

Corazón
Pa’ que no siga sonando
La canción
Siempre la misma canción.

Corazón
Pa’ que esto vaya cambiando
Seguro que estás pensando
¿qué es lo que puedo hacer yo?...

Caridá necesitamos los pobres
Caridá para tener caridá
Caridá, mi virgencita del cobre
Que no falte ni que sobre
Pa’ toda la humanidad.

sábado, 8 de noviembre de 2008

Dejarnos sorprender por Dios

A nuestro Dios le encantan los disfraces: Se disfraza de aliento, de soplo, de brisa suave o viento huracanado. De zarza ardiendo o nube opaca o luminosa. De pan, de vino, de humano...
¡Dios es todo un furtivo!
Lo suyo es sorprender.
No hacer nada como si estuviera ya previsto, venir cuando no se le espera, aparecer donde aparentemente nada tiene que hacer, utilizar unas ropas con las que no le conocíamos, deslizarse entre las páginas de una agenda apretada, en la que parece que no hay sitio para nadie, dejarse oír en esa llamada de teléfono enervante, sonreír al trasluz de esos ojos tan tristes, pedir ayuda…
¡Ya lo creo que a Dios le gusta sorprender!
Al fin, el amor no es sino la capacidad cotidiana de dar sorpresas: Cuando ya no hay sorpresas, el amor corre grave peligro de apagarse.
A Dios le encanta sorprendernos.
No para cazarnos, sino para reavivar nuestra fe vacilante, para despertar nuestra esperanza. Para disfrutar de nuestro asombro.

lunes, 3 de noviembre de 2008

La oración del payaso

Señor, soy un trasto, pero te quiero, te quiero mucho,
locamente, porque es la única manera que tengo yo de amar,
porque ¡Sólo soy un payaso!.
Ya hace años que salí de tus manos,
pronto quizá llegará el día en que volveré a Ti…
Mi alforja está vacía, mis flores mustias y descoloridas,
sólo mi corazón está intacto…
Me espanta mi pobreza, pero me consuela tu ternura.
Estoy ante Ti como un cantarillo roto, pero,
con mi mismo barro, puedes hacer otro a tu gusto.

Señor:
¿qué te diré cuando me pidas cuentas?
Te diré que mi vida, humanamente, ha sido un fallo,
que he volado muy bajo.
Señor:
Acepta la ofrenda de este atardecer… (amanecer)
Mi vida, como una flauta, está llena de agujeros…
pero tómala en tus manos divinas. Que tu música pase a través de mí
y llegue hasta mis hermanos los hombres,
que sea para ellos ritmo y melodía que acompañe su caminar,
alegría sencilla de sus pasos cansados.
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