martes, 28 de julio de 2009

Católicos sin Complejos

La editorial Sekotia presenta, en su colección Reflejos de Actualidad, el libro de José González Horrillo. Un católico que vivió su juventud con cierta antipatía hacia la Iglesia, hasta que en un Cursillo de Cristiandad descubre que existe otra valoración más abierta y objetiva. Desde entonces reconoce que la Iglesia, a pesar de los errores humanos, es la gran obra de Dios.
Este libro ofrece argumentos sencillos y directos para desmontar los tópicos, basados en mentiras históricas, doctrinales o morales con los que se ataca a la Iglesia Católica.
Repasa brevemente los reproches más comunes, en las cruzadas, las riquezas de la Iglesia, su negación a aceptar ciertas “formas de progreso”, como el aborto, la eutanasia, etc., y anima a los católicos a salir a la calle sin miedo a ser arrastrado, ante la pérdida de conciencia y orientación personal, con la seguridad de que no hay ningún motivo para avergonzarse de pertenecer a la Iglesia de Cristo, es decir, para ser de una vez y por todas un “Católico sin complejos”.
El autor se reviste de una gran comprensión hacia los enemigos de la Iglesia, pero no por eso deja de decir las cosas como son. En cualquier caso, reconoce las culpas de las personas que participamos de la Iglesia dejando siempre claro que la institución como tal es la Santa Esposa de Cristo, por tanto sin mancha de pecado.
Objetivos que refuerzan la publicación:
- Evitar que los católicos se queden callados.
- Entablar diálogo y debate con apertura y respeto.
- Apartar los complejos por falta de conocimiento y formación.
- Participar con mayor seguridad en las reformas sociales y políticas del momento.
- No consentir la mera valoración negativa que actualmente presiona y obliga a guardar silencio frente a los ataques. Defiéndase sin herir.

Ver el índice del libro (PDF)

martes, 21 de julio de 2009

La relación entre Don Bosco y el Cardenal Bertone

La relación entre Don Bosco y el Cardenal Bertone

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Como para muchos otros sacerdotes también en el camino de formación del cardenal Tarcisio Bertone se ha sentido un clima de amor por los jóvenes que se respira en los institutos y oratorios salesianos. Particularmente en esta entrevista a H2onews el purpurado recuerda con afecto a quien lo ha seguido en el discenimiento de su vocación.“De manera especial, los educadores salesianos, y al inicio en particular el maestro de noviciado. Prolongué el noviciado cuatro meses, pues era muy joven. De por sí, el noviciado debía comenzarse entonces a la edad de quince años y terminar a la edad de dieciséis años, con la primera profesión religiosa. Yo todavía no tenía quince años cuando entré al noviado, el 16 de agosto de 1949, por tanto, lo prolongué hasta cumplir dieciséis años, en diciembre de 1950. Entonces hice la profesión religiosa. Luego me acompañaron los salesianos y óptimos confesores. Tengo que reconocer que al inicio le pedí consejo para tomar esta decisión a un confesor, un sacerdote de 84 años, que confesaba detrás del altar mayor de la Basílica de María Auxiliadora, con quien me confesaba regularmente. Me dio sus consejos. Me dijo: "Mira, es una tarea muy grande, tendrás que prepararte bien. Pero recuerda que yo soy sacerdote desde hace 60 años y no me he arrepentido nunca de ser sacerdote". Entonces, alentado también por este testimonio, seguí el camino, aunque de regreso a casa tuve algún problema, algo de nostalgia. Pero mis padres me dijeron: "Ahora termina todo el ciclo de prueba y los estudios, pues fuiste tú quien decidiste. Al final tomarás una decisión más madura".Y al final tomé la decisión de seguir hasta la ordenación sacerdotal, que tuvo lugar el 1 de julio de 1960”.En este camino, ¿cuál ha sido el papel de don Bosco?“Ciertamente don Bosco fue un modelo extraordinario de sacerdocio y sus seguidores, sus hijos, que eran mis profesores, mis educadores, le representaban bien. Me ofrecieron hermosos testimonios que encendían en mí el deseo y me animaban a seguir ese camino. En mi vida, don Bosco siempre ha estado presente. Me guió en el crecimiento hasta el sacerdocio y después del sacerdocio, en los encargos que he tenido como salesiano, hasta ser rector magnífico de la Universidad Pontificia Salesiana, aquí en Roma , y formador de muchos candidatos al sacerdocio, de muchísimos... Luego me ha guiado en mi vida de obispo: primero como arzobispo de Vercelli y luego de Génova y, ahora, como secretario de Estado, como primer colaborador del Papa. Don Bosco me ha enseñado a ser fiel al Papa, a dar la vida por el Papa y por la Iglesia, algo que trato de hacer con mis límites, pero con todas mis fuerzas”.

lunes, 13 de julio de 2009

¿Por qué rezas?

Sólo del encuentro diario con Dios, el creyente puede hallar la fuerza para vivir y aprender a amar a los demás.
"Si tuviera que desearte el don más bello, si quisiera pedirlo para ti a Dios, no dudaría en pedirle el don de la oración."
Orando se vive. Orando se ama. Orando se alaba.Como la planta que no hace brotar su fruto si no es alcanzada por los rayos del sol, así el corazón humano no se entreabre a la vida verdadera y plena si no es tocado por el amor. Y es que, quien ora vive, en el tiempo y en la eternidad.
Me preguntas: ¿por qué orar? Te respondo: para vivir. De aquí nace la exigencia de indicar el camino para una oración hecha de cotidianeidad: fija tú mismo un tiempo para dar cada día al Señor, de intimidad: recógete en silencio, lleva a Dios tu corazón y de confidencia: no tengas miedo de decirle todo.
Así, cuando vayas a orar con el corazón en alboroto, si perseveras, te darás cuenta de que después de haber orado largamente tus interrogantes se habrán disuelto como nieve al sol. Un efecto que muchos buscan por otras vías, a menudo bajo la insignia de la ausencia de obstáculos y empeño. La paz que nace de la oración, en cambio, es distinta: «Que sepas, que no faltarán las dificultades. Llegará la hora de la “noche oscura”, en la que todo te parecerá árido y hasta absurdo en las cosas de Dios: no temas.
Es esa hora en la que para luchar está Dios mismo contigo». Pero los momentos oscuros no negarán los frutos de una oración vivida en el corazón: «Un don particular que la fidelidad en la oración te dará es el amor a los demás», y es que «la oración es la escuela del amor».

domingo, 5 de julio de 2009

Decálogo para el cristiano este verano...

  1. Vive la naturaleza. En la playa, en la montaña, en la serranía, descubre la presencia de Dios. Alábalo por haberla hecho tan hermosa.
  2. Vive tu nombre y condición de cristiano. No te avergüences en verano de ser cristiano. Falsearías tu identidad.
  3. Vive el domingo. En vacaciones, el domingo sigue siendo el día del Señor y Dios no se va de vacaciones. Acude a la eucaristía dominical. Tienes, además, más tiempo libre.
  4. Vive la familia. Dialoga, juega, goza con ellos sin prisas, reza en familia. Asiste al templo también con ellos.
  5. Vive la vida. La vida es el gran don de Dios. No hagas peligrar tu propia vida y evita riesgos a la vida de los demás.
  6. Vive la amistad. Desde la escucha, la confianza, la ayuda, el diálogo, el enriquecimiento y el respeto a la dignidad sagrada de las demás personas.
  7. Vive la justicia. No esperes que todo te lo den hecho. Otros trabajan para que tú tengas vacaciones. Ellos también tienen sus derechos. Respétalos y respeta sus bienes.
  8. Vive la verdad. Evita la hipocresía, la mentira, la crítica, la presunción engañosa e interesada o la vanagloria.
  9. Vive la limpieza de corazón. Supera la codicia, el egoísmo y el hedonismo. Vacación no equivale a permisividad.
  10. Vive la solidaridad. No lo quieras todo para ti. Piensa en quienes no tienen vacaciones, porque ni siquiera tienen el pan de cada día. La caridad tampoco se toma vacaciones.
Remitido por el Padre Antonio Altarejos, sdb.

Oratorio Familiar

Las prisas, los nervios, los ruidos... El trabajo, los desplazamientos, la vorágine de las diversiones... El continuo bombardeo de imágenes y sonidos exteriores a nosotros, nos someten a un sinfín de situaciones que nos agobian y nos separan de nosotros mismos y de Dios.
Llegamos a olvidar que tenemos “la necesidad de orar siempre, sin desfallecer” (1) y que “la oración debe tener el primer puesto en la vida cristiana” (2), aún sabiendo que se nos dice: “Velad y orad” (3); “pedid y se os dará” (4); “porque yo quiero amor, no sacrificio, conocimiento de Dios, más que holocaustos” (5).
En el hogar, la familia es “iglesia doméstica” (6) y “cumplirá con su misión apostólica, si por la piedad mutua de sus miembros y la oración dirigida a Dios en común, se presenta como un santuario familiar de la Iglesia” (7). No podemos dudar que “la oración refuerza la solidez y la cohesión espiritual de la familia, ayudando a que ella participe de la fuerza de Dios” (8).
Por eso, en todos los hogares católicos, “para la oración personal, el lugar favorable puede ser un rincón de oración, con las Sagradas Escrituras e imágenes, a fin de estar en lo secreto ante nuestro Padre (cf. Mt. 6, 6 ). En una familia cristiana este tipo de pequeño oratorio favorece la oración en común” (9).
La piedad, la creatividad, el gusto y las habilidades decorativas de los diferentes miembros de la familia han de ponerse de manifiesto a la hora de realizar este oratorio familiar que, por supuesto, debe estar alejado de ruidos y distracciones, sin dejar por ello de ocupar un sitio preferente dentro del hogar.
“¡Cuántas familias rezan en el mundo! Rezan los niños, a los cuales pertenece, en primer lugar, el reino de los cielos (cf. Mt. 18, 2-5); gracias a ellos rezan no solamente las madres, sino también los padres, volviendo a veces a la práctica religiosa de la que se habían alejado” (10).Sepamos discernir sobre el verdadero valor de las cosas: comprobaremos que el tener un oratorio en nuestro hogar es más importante que tener tantas otras cosas por las que somos capaces de hacer grandes sacrificios; es, realmente, una necesidad de hoy… y de siempre.
(1) LC. 18, 1-5.
(2) Juan Pablo II, 15-3-92.
(3 ) Mt. 26, 41.
(4) Mt. 7, 7-8.
(5) Oseas, 6, 6.
(6) Conc. Vat.II, LG 11.
(7) Conc. Vat II, AA11.
(8) Juan Pablo II, C. a las Familias.
9) Cat. Igl. Católica, n. 2691.
(10) Juan Pablo II, 13-3-94.

viernes, 3 de julio de 2009

Año Sacerdotal

“El Sacerdocio es el amor del corazón de Jesús”, repetía con frecuencia el Santo Cura de Ars.
Esta conmovedora expresión nos da pie para reconocer con devoción y admiración el inmenso don que suponen los sacerdotes, no sólo para la Iglesia, sino también para la humanidad misma. Tengo presente a todos los presbíteros que con humildad repiten cada día las palabras y los gestos de Cristo a los fieles cristianos y al mundo entero, identificándose con sus pensamientos, deseos y sentimientos, así como con su estilo de vida. ¿Cómo no destacar sus esfuerzos apostólicos, su servicio infatigable y oculto, su caridad que no excluye a nadie? Y ¿qué decir de la fidelidad entusiasta de tantos sacerdotes que, a pesar de las dificultades e incomprensiones, perseveran en su vocación de “amigos de Cristo”, llamados personalmente, elegidos y enviados por Él? Benedicto XVI (Carta para la convocación de un Año Sacerdotal)

jueves, 2 de julio de 2009

Todos somos Iglesia

Hay muchos para los que la Iglesia son “los curas”. Incluso muchos católicos piensan así. Son miembros reales de la Iglesia “todos los bautizados que profesan la verdadera fe y no han sido apartados de la Iglesia por sí mismos o por la legítima autoridad, aunque sean pecadores”. (1)
Todos, pues, somos Iglesia, aunque “no alcanza la salvación quien no perseverando en la caridad, permanece en el seno de la Iglesia en cuerpo, pero no en corazón. Los hijos de la Iglesia no deben atribuir su excelsa condición a sus propios méritos, sino a una gracia especial de Cristo; y si no responden a ella con el pensamiento, las palabras y las obras, lejos de salvarse, serán juzgados con mayor severidad”.(2)
Y a los laicos -a los hombres de la calle- nos “pertenece por propia vocación buscar el reino de Dios tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales, guiándose por el espíritu evangélico, de modo que contribuyan desde dentro a la santificación del mundo y de este modo descubran a Cristo a los demás, brillando, ante todo, con el testimonio de su vida, fe, esperanza y caridad”.(3)
Vivamos nuestro compromiso cristiano, dentro de la Santa Iglesia Católica, realizando en el Espíritu todas nuestras obras, preces y proyectos apostólicos, la vida conyugal y familiar, el trabajo cotidiano, el descanso del alma y del cuerpo, incluso sufriendo pacientemente las molestias de la vida, convirtiendo así todo en “hostias espirituales, aceptables a Dios por Jesucristo”.(4)
1.- Cf. Pio XII, Enc. ‘Mystici corporis Christi’.
2.- Vaticano II, Const. Dogmtca. Iglesia, II, 14 b.
3.- Ib. IV, 31 b,
4.- Cf. Ib. IV, 34 b.
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