lunes, 26 de mayo de 2008

Soy de la Vera+Cruz

Hoy, día de San Felipe Neri, he solicitado la admisión como hermano de la hermandad de la Vera+Cruz de Sevilla. Esta Hermandad de la Santísima VERA CRUZ se fundó en el año 1.448 en el Convento Casa Grande de San Francisco, en esta ciudad de Sevilla; aunque, según algunos autores, en el año 1.370 ya se reunían devotos de la VERA CRUZ en este convento para dar culto al Santo Madero.
Con su constitución en este año de 1.448 redacta a su vez sus primeras Reglas, aunque éstas no sean reconocidas y aprobadas oficialmente por la Autoridad Eclesiástica hasta el 22 de febrero de 1.501, haciéndolo D. Fernando de la Torre, Provisor por el Excmo. Sr. Cardenal Arzobispo de Sevilla Don Diego Hurtado de Mendoza.
Como memorial simbólico de toda esta Historia, y no como timbre de vanagloria, sino como mandato que nos obliga a una mayor perfección y entrega en pro de una constante superación, la Hermandad ostenta los siguientes títulos:
MUY ANTIGUA, por ser la primitiva de las hermandades de la VERA CRUZ de la diócesis y una de las más antiguas de la ciudad de Sevilla, remontándose su origen al año 1448.
SIEMPRE ILUSTRE, por haber pertenecido a ella antiguamente sólo personas de noble linaje y los Caballeros Veinticuatro de la ciudad de Sevilla, pretendiendo en todo momento ofrecer una actitud acorde con la impronta que tan ilustres Hermanos le dieron.
VENERABLE, por eco de la voz popular en consideración del respeto y edificación que se le ha reconocido en la ciudad de Sevilla.
PONTIFICIA, por su vinculación al papado de Paulo III desde 1.536.
REAL, por concesión del Rey Felipe II el 9 de diciembre de 1.585, que fue Hermano de ella.
FERVOROSA, por el deseo de que nuestros actos litúrgicos y todas nuestras manifestaciones piadosas estén revestidas de la autenticidad que corresponde a una vivencia total de amor al Padre, según concesión de fecha 9 de marzo de 1.954.
HUMILDE, para obligarnos a vivir en la pobreza evangélica, individual y corporativamente, dando testimonio de ello, según concesión de fecha 9 de marzo de 1.954.
SERÁFICA, por estar unidos a la familia franciscana por Carta de Hermandad y querer vivir el espíritu de las enseñanzas de nuestro Padre San Francisco de Asís, por concesión desde el 28 de mayo de 1.543.
ARCHICOFRADÍA, por título concedido por el Papa Gregorio XIII el 26 de febrero de 1.580.

¿Eres como la zanahoria, el huevo o el café?

Una hija se quejaba con su padre acerca de su vida y cómo las cosas le resultaban tan difíciles. No sabía cómo hacer para seguir adelante y creía que se daría por vencida. Estaba cansada de luchar. Parecía que cuando solucionaba un problema, aparecía otro.Su padre, chef de profesión, la llevó a su lugar de trabajo. Allí llenó tres recipientes con agua y los colocó sobre fuego. Pronto el agua de cada uno estaba hirviendo. En uno colocó zanahorias, en otro huevos y en el último preparó café. Los dejó hervir sin decir palabra.
La hija esperó impacientemente, preguntándose qué estaría haciendo su padre. A los veinte minutos el padre apagó el fuego. Sacó las zanahorias y las colocó en un tazón. Sacó los huevos y los colocó en otro plato. Finalmente, coló el café. Mirando a su hija le dijo: "Querida, ¿qué ves?"-"Zanahorias, huevos y café", fue su respuesta. La hizo acercarse y le pidió que observara las zanahorias. Ella lo hizo y notó que estaban blandas. Luego le pidió que tomara un huevo y lo rompiera. Luego de sacarle la cáscara, observó el huevo duro. Luego le pidió que probara el café. Ella sonrió mientras disfrutaba de su rico aroma. Humildemente la hija preguntó: "¿Qué significa esto, papá?"
El le explicó que los tres elementos habían enfrentado la misma adversidad: agua hirviendo. Pero habían reaccionado en forma muy diferente. La zanahoria llegó al agua fuerte, dura; pero después de pasar por el agua hirviendo se había vuelto débil, fácil de deshacer. El huevo había llegado al agua frágil, su cáscara fina protegía su interior líquido; pero después de estar en agua hirviendo, su interior se había endurecido. El café sin embargo era el único que después de estar en agua hirviendo, había cambiado al agua. "¿Cual eres tú?", le preguntó a su hija.
"Cuando la adversidad llama a tu puerta, ¿cómo respondes? ¿Eres una zanahoria que parece fuerte pero que cuando la adversidad y el dolor te tocan, te vuelves débil y pierdes tu fortaleza? ¿Eres un huevo, que comienza con un corazón maleable? Poseías un espíritu fluido, pero después de una dura prueba, una separación, o un despido, te has vuelto dura y rígida? ¿O eres como el café? El café cambia al agua hirviendo. Cuando el agua llega al punto de ebullición el café alcanza su mejor sabor. Si eres como el grano de café, cuando las cosas se ponen peor tú reaccionas mejor y haces que las cosas a tu alrededor mejoren.
Y tú,¿cual de los tres eres? Los cristianos somos un granito que le damos al mundo sabor a Cristo.
"Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal sedesvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada másque para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres." Mateo 5,13

viernes, 23 de mayo de 2008

Avemaría

¡Dios te salve, María! Te saludamos con el Angel: Llena de gracia. El Señor está contigo.Te saludamos con Isabel: ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¡Feliz porque has creído a las promesas divinas!Te saludamos con las palabras del Evangelio: Feliz porque has escuchado la Palabra de Dios y la has cumplido.
¡Tú eres la llena de gracia!Te alabamos, Hija predilecta del Padre. Te bendecimos, Madre del Verbo divino. Te veneramos, Sagrario del Espíritu Santo. Te invocamos; Madre y Modelo de toda la Iglesia. Te contemplamos, imagen realizada de las esperanzas de toda la humanidad.

¡El Señor está contigo! Tú eres la Virgen de la Anunciación, el Sí de la humanidad entera al misterio de la salvación.Tú eres la Hija de Sión y el Arca de la nueva Alianza en el misterio de la visitación.Tú eres la Madre de Jesús, nacido en Belén, la que lo mostraste a los sencillos pastores y a los sabios de Oriente.Tú eres la Madre que ofrece a su Hijo en el templo, lo acompaña hasta Egipto, lo conduce a Nazaret.Virgen de los caminos de Jesús, de la vida oculta y del milagro de Caná.Madre Dolorosa del Calvario y Virgen gozosa de la Resurrección.Tú eres la Madre de los discípulos de Jesús en la espera y en el gozo de Pentecostés.

Bendita...porque creíste en la Palabra del Señor, porque esperaste en sus promesas, porque fuiste perfecta en el amor. Bendita por tu caridad premurosa con Isabel, por tu bondad materna en Belén, por tu fortaleza en la persecución, por tu perseverancia en la búsqueda de Jesús en el templo, por tu vida sencilla en Nazaret, por tu intercesión en Cana, por tu presencia maternal junto a la cruz, por tu fidelidad en la espera de la resurrección, por tu oración asidua en Pentecostés. Bendita eres por la gloria de tu Asunción a los cielos, por tu maternal protección sobre la Iglesia, por tu constante intercesión por toda la humanidad.

¡Santa María, Madre de Dios! Queremos consagrarnos a ti.Porque eres Madre de Dios y Madre nuestra.Porque tu Hijo Jesús nos confió a ti.Porque has querido ser Madre de la Iglesia.Nos consagramos a ti:Los obispos, que a imitación del Buen Pastorvelan por el pueblo que les ha sido encomendado.Los sacerdotes, que han sido ungidos por el Espíritu.Los religiosos y religiosas, que ofrendan su vidapor el Reino de Cristo.Los seminaristas, que han acogido la llamada del Señor.Los esposos cristianos en la unidad e indisolubilidad de su amor con sus familias.Los seglares comprometidos en el apostolado. Los jóvenes que anhelan una sociedad nueva. Los niños que merecen un mundo más pacífico y humano.Los enfermos, los pobres, los encarcelados, los perseguidos, los huérfanos, los desesperados, los moribundos.
¡Ruega por nosotros pecadores! Madre de la Iglesia, bajo tu patrocinio nos acogemos y a tu inspiración nos encomendamos.Te pedimos por la Iglesia, para que sea fiel en la pureza de la fe, en la firmeza de la esperanza, en el fuego de la caridad, en la disponibilidad apostólica y misionera, en el compromiso por promover la justicia y la paz entre los hijos de esta tierra bendita.
Te suplicamos que toda la Iglesia se mantenga siempre en perfecta comunión de fe y de amor, unida a la Sede de Pedro con estrechos vínculos de obediencia y de caridad.
Te encomendamos la fecundidad de la nueva evangelización, la fidelidad en el amor de preferencia por los pobres y la formación cristiana de los jóvenes, el aumento de las vocaciones sacerdotales y religiosas, la generosidad de los que se consagran a la misión, la unidad y la santidad de todas las familias.


¡Ahora y en la hora de nuestra muerte! ¡Virgen, Madre nuestra! Ruega por nosotros ahora. Concédenos el don inestimable de la paz, la superación de todos los odios y rencores, la reconciliación de todos los hermanos.
Que cese la violencia y la guerrilla.Que progrese y se consolide el diálogo y se inaugure una convivencia pacífica.Que se abran nuevos caminos de justicia y de prosperidad. Te lo pedimos a ti, a quien invocamos como Reina de la Paz.¡Ahora y en la hora de nuestra muerte!Te encomendamos a todas las víctimas de la injusticia y de la violencia, a todos los que han muerto en las catástrofes naturales, a todos los que en la hora de la muerte acuden a ti como Madre.Sé para todos nosotros Puerta del cielo, vida, dulzura y esperanza, para que, juntos podamos contigo glorificar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

¡Amén!

jueves, 22 de mayo de 2008

Que debemos reconocer como venido de Dios todo el amor que le tenemos.

El amor de los hombres hacia Dios tiene su origen, su progreso y su perfección en el amor eterno de Dios hacia los hombres; así siente uná­nimemente la Iglesia, nuestra Madre, la cual, con un celo ardiente, quiere que reconozcamos que nuestra salud y los medios de llegar a ella provienen únicamente de la misericordia del Salvador, a fin de que lo mismo en la tierra que en el Cielo, a Él solo sea dada la honra y la gloria (1 Tim., 1, 17). ¿Qué tienes que no hayas recibi­ do?, dice el divino Apóstol (1 Cor., 4, 7), hablando de los dones de ciencia, de elocuencia y de otras cualidades semejantes de los pastores de la Iglesia; y si lo has recibido, ¿por qué te glo­rías como si no lo hubieses recibido? Todo es, pues, cierto, lo hemos recibido de Dios, pero muy particularmente hemos recibido de Él los bienes sobrenaturales del santo amor. Pues si los he­mos recibido, ¿por qué pretendemos atribuirnos la gloria de ellos?
Y a la verdad, si alguno quisiera alabarse por haber hecho algún progreso en el amor de Dios: ¡Oh hombre miserable! —le diríamos—; tú yacías en el lecho de tu iniquidad, sin que te quedaran fuerzas ni vida para levantarte, cual sucedía a la princesa de nuestra parábola, y Dios, por su infinita bondad, acudió en tu ayuda, diciéndote: Abre la boca de tu atención, y Yo te saciaré plenamente (Ps. 80, 11); Él mismo puso sus dedos entre tus labios y entreabrió tus dientes, lanzando dentro de tu corazón su inspiración santa, que tú has recibido; después, recobrado ya el sen­tido, continuó con diferentes movimientos y medios fortaleciendo tu espíritu, hasta que finalmente derramó en él su caridad como tu vital y per­fecta salud.
Dime, pues, ahora, miserable: ¿q u é has hecho tú en todo esto de que te puedas alabar? Tú has dado tu consentimiento, es cierto; el movimiento de tu voluntad ha seguido libremente al de la divina gracia. Pero todo esto, ¿qué otra cosa es sino recibir la operación divina, y no resistir a ella?; ¿y qué hay en esto, que tú no hayas recibido? ¿Si hasta has recibido la misma recepción de que te glorías y el consentimiento de que te alabas? Porque, dime: ¿no confesarás que, si Dios no te hubiese prevenido, tú no hubieses jamás sentido su bondad, ni, por consiguiente, consentido a su amor? ¿Cómo?, ¡si ni siquiera hubieras tenido un solo pensamiento bueno! (2 Cor., 3, 5).
Su movimiento, pues, ha dado el ser y la vida al tuyo; y si su liberalidad no hubiese animado, excitado y provocado tu libertad con sus podero­sos y suaves llamamientos, tu libertad hubiera permanecido siempre inútil para tu salud. Es cierto que tú has cooperado a la inspiración consintiendo; mas he de advertirte, si por ventura lo ignoras, que tu cooperación ha nacido de la operación de la gracia y de tu libre voluntad jun­tamente, mas de tal modo, que, si la gracia no hubiese prevenido y llenado tu corazón con su operación, jamás hubiese él podido ni querido prestar cooperación ninguna a ella.
Pero, dime de nuevo, hombre vil y abyecto, ¿no obras como un ridículo, cuando crees tener par-te en la gloria de tu conversión, porque no has rechazado la inspiración? ¿No es presunción ésta propia de ladrones y de tiranos, pensar que dan la vida a alguno porque no se la quitan?; ¿y no es una impiedad propia de demente furioso pensar que tú hayas dado a la inspiración divina su santa eficacia y actividad, porque no se la has quitado con tu resistencia? No podernos impedir los efectos de la inspiración, pero tampoco dár­selos: ella trae su fuerza y su virtud de la bondad divina, que es su origen, y no de la voluntad humana, que es su término.
¿No nos indignaríamos contra la princesa de nuestra parábola si se gloriase de haber dado la virtud y propiedad a las aguas cordiales y demás medicamentos, o de haberse curado ella misma, alegando como razón que si ella no hubiese recibido los remedios que el rey la dió y derramó en su boca, cuando, ya medio muerta, apenas le quedaba sentido, no hubieran ellos producido resultado alguno? Es verdad —la diríamos— que podías, procediendo cual una ingrata, obstinarte en no recibir los remedios, y, aun después de recibidos en tu boca, arrojarlos; mas no es verdad, sin embargo, que tú les hayas comunicado su fuerza o virtud, porque ellos la tenían por su propiedad natural; tu parte se ha reducido a consentir en recibirlos y en permitir realizasen su acción. Pero jamás hubieras consentido, si el rey no te hubiera primero reanimado, e instado después a tomarlos; y todavía no los hubieras reci­bido. si él no te ayudara a ello abriendo tu pro­pia boca con sus dedos y derramando en ella el precioso licor. ¿No serías, pues, un monstruo de ingratitud al quererte atribuir un bien que por tantos motivos debes a tu amado esposo?
El admirable pececillo llamado rémora tiene el poder de detener la marcha de un navío que vaya navegando en alta mar a toda vela (1); pero no tiene el poder de hacerle navegar, ni marcarle rumbo, ni hacerle fondear; puede impedir su movimiento, pero no puede dárselo. Así, nuestro libre albedrío puede detener e impedir el curso de la inspiración y cuando el viento favorable de la gracia celestial hinche las velas de nuestro espíritu, está en nuestra mano rehusar el consentimiento e impedir por este medio el efecto del viento divino. Mas cuando nuestro espíritu navega con rumbo fijo y hace felizmente su navegación, no es porque nosotros hagamos venir el viento de la inspiración celeste, ni que llenemos con él nuestras velas, ni que imprimamos el movimiento al navío de nuestro corazón, sino que solamente recibimos el viento que nos viene del Cielo, consentimos en su impulso y dejamos mar­char el navío a su favor, sin impedirle por la rémora de nuestra resistencia.
Así, pues, la inspiración es quien comunica a nuestro libre arbitrio la suave y feliz influencia por la cual, no solamente nos hace ver la belleza del bien, sino, además, calienta, ayuda, fortalece y mueve tan dulcemente, que por este medio se doblega e inclina al bien libremente.
Las nubes preparan las frescas gotas de rocío en la primavera, y las dejan caer sobre la su­perficie del mar, y las madreperlas que abren sus conchas, recíbenlas dentro de ellas, y las convierten en perlas (2); mas, al contrario, las madreperlas que mantienen sus conchas cerradas, no impiden que las gotas caigan sobre ellas, pero impiden que caigan dentro. ¿No es, pues verdad que el cielo ha enviado su rocío sobre ambas madreperlas? ¿Por qué, entonces, la una produce, en efecto, su perla, y la otra no? El cielo había sido generoso para aquella que ha quedado esté­ril, poniendo de su parte cuanto era necesario para la formación de una hermosa perla; pero ella ha impedido el efecto de su beneficio, man­teniéndose cerrada y cubierta.
Y en cuanto a la otra madreperla que ha concebido y engendrado un fruto hermoso, nada tiene que no lo tenga del cielo, aun el Mismo abrir de su concha, por cuyo medio ha recibido el rocío; porque si no hubiera sentido los rayos de la aurora, que la han dulcemente excitado, no hubiese ella venido a la superficie del mar, ni hubiese abierto su concha. Si nosotros tenemos, oh Teótimo, algún amor hacia Dios, a Él sea el honor y la gloria, que todo lo ha hecho en nosotros, y sin el cual nada ha sido hecho (Jo., 1, 3), y a nosotros sea la utilidad y el ánimo agradecido; pues esta es la partición de su divina bondad con nosotros: Él nos deja el fruto de sus beneficios, y para Sí se reserva el honor de ellos y la alabanza; y, ciertamente, puesto que nosotros nada somos sino por su gracia (1 Cor., 15, 10), seámoslo también todo para su gloria.

San Francisco de Sales, tomado de “Tratado del amor de Dios”.

lunes, 19 de mayo de 2008

¿Quién fue María para Juan Pablo II?

Jesús, viendo a su Madre y al discípulo a quien amaba, que estaba allí, dijo a la Madre: mujer, he ahí a tu hijo (Jn 19, 26). Así, de un modo nuevo, ha legado su propia Madre al hombre: al hombre, a quien ha transmitido el Evangelio. La ha legado a todo hombre. La ha legado a la Iglesia en el día de su nacimiento histórico, el día de Pentecostés. Desde aquel día toda la Iglesia la tiene como Madre. Y todos los hombres la tienen como Madre. Entienden como dirigidas a cada uno las palabras pronunciadas desde la Cruz. Madre de todos los hombres. La maternidad espiritual no conoce límites. Se extiende en el tiempo y en el espacio. ¡Alcanza tantos corazones humanos! Alcanza a las naciones enteras.
Juan Pablo IIAud. gen. 10-1-1979

martes, 13 de mayo de 2008

Se presentó a los más pobres

Hoy conmemoramos la aparición de la Virgen de Fátima a tres pastorcitos en Cova de Irya. Cuántas veces se nos presenta María a nosotros como pobres de corazón con los nuestros y al ugual que los pastorcitos muchas veces no queremos oir porque nos pitan los oidos; no queremos ver porque es más fácil volver la mirada, y; nos quedamos mudos, porque gritar creemos que no sirve de nada.

Fátima difunde una luz sobrenatural que arrebató a los pastorcitos en forma irresistible, e ilumina el corazón de los peregrinos que acuden a este lugar sagrado en busca de consuelo. De cara a las costumbres y la mentalidad consumista de nuestra época, dedicada por completo al goce fácil de la vida, el contraste es tan marcado que no hay cómo ignorarlo. ¿Qué atrae hacia Fátima a estas multitudes de rostro tostado por el sol de las largas caminatas? ¿Qué las empuja a estas sorprendentes penitencias en un tiempo de tanta aversión al sacrificio?
Madre, Ruega por nosotros.

Seguimos suplicando a Nuestra Señora los tres secretos que reveló y todavía hoy seguimos sin tener en cuenta:

O dulce Reina del. mundo, Madre del Hijo de Dios y Madre nuestra, por medio de los pastorcitos de Fátima nos has recordado el cumplimiento de los Mandamientos y nos has pedido el rezo del Santo Rosario y la consagración a tu Corazón Inmaculado. Deseando seguir tus consejos y complacerte, te pido por la paz del mundo y por la conversión de quienes, como yo, son pecadores. Te encomiendo a todos tus hijos que, como Pueblo de Dios, peregrinan en este mundo hacia la Casa del Padre. Reina de la paz, orienta a los gobernantes para que rijan las naciones con justicia y no desoigan el clamor de los más pobres. Consuelo de los afligidos, socorre a los que sufren por la guerra, la enfermedad, la persecución, el destierro, la falta del trabajo, la miseria, la vejez, la incomprensión o el abandono. Extiende tu blanco manto sobre todo el mundo y atrae a quienes están abatidos, agobiados y desesperados. Escucha mi humilde súplica y atiende mi oración. Amén.

jueves, 1 de mayo de 2008

Todo se lo debemos a ella

Madre de Dios es el más antiguo e importante título dogmático de la Virgen. Es el fundamento de toda su grandeza. Por eso María no es, en el cristianismo, sólo objeto de devoción, sino también de teología; o sea, entra en el discurso mismo sobre Dios, porque Dios está directamente implicado en la maternidad divina de María. Es también el título más ecuménico que existe, en cuanto que es compartido y acogido indistintamente, al menos en línea de principio, por todas las confesiones cristianas.
Pienso que Jesús confió sus discípulos a María antes de la venida del Espíritu Santo. La Virgen María en realidad, en un tiempo de «vacío», cuando Jesús ya no está y el Espíritu no ha descendido todavía, parece la persona más apropiada para llenar de alguna forma estas dos presencias en un momento de recuerdo y de espera.
De recuerdo porque María es memoria viviente de Cristo, de su vida desde el principio, de sus palabras. Su presencia materna habla de Él en todo. Y de espera porque la Virgen María, que ha recibido el Espíritu Santo en plenitud, se convierte en la garantía y la esperanza del cumplimiento de la promesa de Jesús. Vendrá el Espíritu prometido –parece asegurar María– así como vino sobre mí. Dios es fiel a sus promesas.
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