sábado, 28 de febrero de 2009

Oración de nuestra familia

Haz, Señor,
que en nuestra casa, cuando se hable, siempre nos miremos a los ojos y busquemos crecer juntos;
que nadie esté sólo, ni en la indiferencia o el aburrimiento;
que los problemas de los otros no sean desconocidos o ignorados;
que pueda entrar quien tiene necesidad y sea bienvenido.

Señor,
que en nuestra casa sea importante el trabajo, pero no más importante que la alegría;
que la comida sea el momento de alegría y de conversación;
que el descanso sea paz del corazón y del cuerpo;
que la riqueza mayor sea estar juntos.
Señor,
que en nuestra casa el más débil sea el centro de la atención;
que el más pequeño y el más viejo sean los más queridos;
que el mañana no nos dé miedo, porque Dios siempre está cerca;
que cada gesto esté lleno de significado;
que te demos gracias por todo lo que la vida nos ofrece y tu amor nos da.

Señor,
que nuestra casa sea el lugar de acogida
como la casa de Marta, María y Lázaro en Betania.
Amén

miércoles, 25 de febrero de 2009

Creo en ti, Señor, pero dame la fe que me falta

No hay nada que me llene más que contemplar cuantos milagros hace Cristo en su 4º día. En la clausura del domingo en San Juan se descubrió que cuando la gente ve a Jesús siempre corre a abrazarlo. Porque somos nosotros los que vamos, Él siempre es el que espera. El que ordena. El que guía. El que muestra. ¡Qué maravilla estar siempre atraído a su mensaje!
Y lo he descubierto a través de intendencias de oración durante todo el fin de semana que me ha hecho vivir en comunión con ellos en cada momento que estaban compartiendo en comunidad. He asistido a la Eucaristía ambos días para adorar a Cristo para con ellos que vivían el cursillo. Reconozco que el domingo corrí al encuentro real, personal y profundo de su amor. Y también para pedirle perdón al ofenderlo.
Seamos todos en nuestro 4º día convencidos de haber estado en el encuentro con Cristo, de la belleza y emoción que tiene el encuentro y el seguimiento. Arrastremos a todos hacia Él con nuestra vida y con nuestro testimonio. Digamos a los vientos que somos cristianos.
En esta Cuaresma que comenzamos vivamos con fuerza la oración y el ayuno. Que nuestra vida espiritual sea fundamento de apostolado. Alimentemos nuestro apostolado con sacrificio (ya sabes: hacer sagrado). ¡LA VIDA DE ORACIÓN ES LA FUERZA DE MI APOSTOLADO!

lunes, 23 de febrero de 2009

domingo, 22 de febrero de 2009

Sacrificio

Ese es el gran secreto de nuestra religión: Cristo, desde su esencia humana, con su sufrimiento inocente, nos enseñó que el dolor ofrecido por la salvación del mundo tiene un sentido y un maravilloso valor. De ahí viene la palabra "sacrificio", del verbo sacrum-facere, que significa "hacer sagrado".
El sufrimiento sin ofrecerlo es solamente dolor, en cambio, ofreciéndolo tiene un valor de salvación. Convertir el sufrimiento en sacrificio para alcanzar nuestra salvación y la de los demás. Unir nuestro sufrimiento al de Cristo para que tenga un valor infinito. Hacernos partícipes de los sufrimientos de Cristo para la salvación del mundo.

viernes, 20 de febrero de 2009

Citas

Esta semana estoy encontrando algunas citas papales que me están haciendo reflexionar. Os dejo una perla que tienen mucho jugo: para que veamos que evangelizar debe estar dentro de nuestra vida como un asunto de ver y oir:
Internet produce un número incalculable de imágenes que aparecen en millones de pantallas de ordenadores en todo el planeta. En esta galaxia de imágenes y sonidos, ¿aparecerá el rostro de Cristo y se oirá su voz? Porque sólo cuando se vea su rostro y se oiga su voz el mundo conocerá la buena nueva de nuestra redención. (Juan Pablo II)


jueves, 19 de febrero de 2009

El ayuno, don total de uno mismo a Dios

¡Queridos hermanos y hermanas!
Al comenzar la Cuaresma, un tiempo que constituye un camino de preparación espiritual más intenso, la Liturgia nos vuelve a proponer tres prácticas penitenciales a las que la tradición bíblica cristiana confiere un gran valor: la oración, el ayuno y la limosna, para disponernos a celebrar mejor la Pascua y, de este modo, hacer experiencia del poder de Dios que, como escucharemos en la Vigilia pascual, "ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos" (Pregón pascual).
En mi acostumbrado Mensaje cuaresmal, este año deseo detenerme a reflexionar especialmente sobre el valor y el sentido del ayuno. En efecto, la Cuaresma nos recuerda los cuarenta días de ayuno que el Señor vivió en el desierto antes de emprender su misión pública. Leemos en el Evangelio: "Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Y después de hacer un ayuno durante cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre" (Mt 4,1-2). Al igual que Moisés antes de recibir las Tablas de la Ley (cfr. Ex 34, 8), o que Elías antes de encontrar al Señor en el monte Horeb (cfr. 1R 19,8), Jesús orando y ayunando se preparó a su misión, cuyo inicio fue un duro enfrentamiento con el tentador.
Podemos preguntarnos qué valor y qué sentido tiene para nosotros, los cristianos, privarnos de algo que en sí mismo sería bueno y útil para nuestro sustento. Las Sagradas Escrituras y toda la tradición cristiana enseñan que el ayuno es una gran ayuda para evitar el pecado y todo lo que induce a él. Por esto, en la historia de la salvación encontramos en más de una ocasión la invitación a ayunar. Ya en las primeras páginas de la Sagrada Escritura el Señor impone al hombre que se abstenga de consumir el fruto prohibido: "De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio" (Gn 2, 16-17). Comentando la orden divina, San Basilio observa que "el ayuno ya existía en el paraíso", y "la primera orden en este sentido fue dada a Adán". Por lo tanto, concluye: "El ‘no debes comer’ es, pues, la ley del ayuno y de la abstinencia" (cfr. Sermo de jejunio: PG 31, 163, 98). Puesto que el pecado y sus consecuencias nos oprimen a todos, el ayuno se nos ofrece como un medio para recuperar la amistad con el Señor. Es lo que hizo Esdras antes de su viaje de vuelta desde el exilio a la Tierra Prometida, invitando al pueblo reunido a ayunar "para humillarnos ! dijo ! delante de nuestro Dios" (8,21). El Todopoderoso escuchó su oración y aseguró su favor y su protección. Lo mismo hicieron los habitantes de Nínive que, sensibles al llamamiento de Jonás a que se arrepintieran, proclamaron, como testimonio de su sinceridad, un ayuno diciendo: "A ver si Dios se arrepiente y se compadece, se aplaca el ardor de su ira y no perecemos" (3,9). También en esa ocasión Dios vio sus obras y les perdonó.
En el Nuevo Testamento, Jesús indica la razón profunda del ayuno, estigmatizando la actitud de los fariseos, que observaban escrupulosamente las prescripciones que imponía la ley, pero su corazón estaba lejos de Dios. El verdadero ayuno, repite en otra ocasión el divino Maestro, consiste más bien en cumplir la voluntad del Padre celestial, que "ve en lo secreto y te recompensará" (Mt 6,18). Él mismo nos da ejemplo al responder a Satanás, al término de los 40 días pasados en el desierto, que "no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (Mt 4,4). El verdadero ayuno, por consiguiente, tiene como finalidad comer el "alimento verdadero", que es hacer la voluntad del Padre (cfr. Jn 4,34). Si, por lo tanto, Adán desobedeció la orden del Señor de "no comer del árbol de la ciencia del bien y del mal", con el ayuno el creyente desea someterse humildemente a Dios, confiando en su bondad y misericordia.
La práctica del ayuno está muy presente en la primera comunidad cristiana (cfr. Hch 13,3; 14,22; 27,21; 2Co 6,5). También los Padres de la Iglesia hablan de la fuerza del ayuno, capaz de frenar el pecado, reprimir los deseos del "viejo Adán" y abrir en el corazón del creyente el camino hacia Dios. El ayuno es, además, una práctica recurrente y recomendada por los santos de todas las épocas. Escribe San Pedro Crisólogo: "El ayuno es el alma de la oración, y la misericordia es la vida del ayuno. Por tanto, quien ora, que ayune; quien ayuna, que se compadezca; que preste oídos a quien le suplica aquel que, al suplicar, desea que se le oiga, pues Dios presta oído a quien no cierra los suyos al que le súplica" (Sermo 43: PL 52, 320, 332).
En nuestros días, parece que la práctica del ayuno ha perdido un poco su valor espiritual y ha adquirido más bien, en una cultura marcada por la búsqueda del bienestar material, el valor de una medida terapéutica para el cuidado del propio cuerpo. Está claro que ayunar es bueno para el bienestar físico, pero para los creyentes es, en primer lugar, una "terapia" para curar todo lo que les impide conformarse a la voluntad de Dios. En la Constitución apostólica Pænitemini de 1966, el Siervo de Dios Pablo VI identificaba la necesidad de colocar el ayuno en el contexto de la llamada a todo cristiano a no "vivir para sí mismo, sino para aquél que lo amó y se entregó por él y a vivir también para los hermanos" (cfr. Cap. I). La Cuaresma podría ser una buena ocasión para retomar las normas contenidas en la citada Constitución apostólica, valorizando el significado auténtico y perenne de esta antigua práctica penitencial, que puede ayudarnos a mortificar nuestro egoísmo y a abrir el corazón al amor de Dios y del prójimo, primer y sumo mandamiento de la nueva ley y compendio de todo el Evangelio (cfr. Mt 22,34-40).
La práctica fiel del ayuno contribuye, además, a dar unidad a la persona, cuerpo y alma, ayudándola a evitar el pecado y a acrecer la intimidad con el Señor. San Agustín, que conocía bien sus propias inclinaciones negativas y las definía "retorcidísima y enredadísima complicación de nudos" (Confesiones, II, 10.18), en su tratado La utilidad del ayuno, escribía: "Yo sufro, es verdad, para que Él me perdone; yo me castigo para que Él me socorra, para que yo sea agradable a sus ojos, para gustar su dulzura" (Sermo 400, 3, 3: PL 40, 708). Privarse del alimento material que nutre el cuerpo facilita una disposición interior a escuchar a Cristo y a nutrirse de su palabra de salvación. Con el ayuno y la oración Le permitimos que venga a saciar el hambre más profunda que experimentamos en lo íntimo de nuestro corazón: el hambre y la sed de Dios. Al mismo tiempo, el ayuno nos ayuda a tomar conciencia de la situación en la que viven muchos de nuestros hermanos. En su Primera carta San Juan nos pone en guardia: "Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?" (3,17). Ayunar por voluntad propia nos ayuda a cultivar el estilo del Buen Samaritano, que se inclina y socorre al hermano que sufre (cfr. encíclica Deus caritas est, 15). Al escoger libremente privarnos de algo para ayudar a los demás, demostramos concretamente que el prójimo que pasa dificultades no nos es extraño. Precisamente para mantener viva esta actitud de acogida y atención hacia los hermanos, animo a las parroquias y demás comunidades a intensificar durante la Cuaresma la práctica del ayuno personal y comunitario, cuidando asimismo la escucha de la Palabra de Dios, la oración y la limosna. Este fue, desde el principio, el estilo de la comunidad cristiana, en la que se hacían colectas especiales (cfr. 2Co 8-9; Rm 15, 25-27), y se invitaba a los fieles a dar a los pobres lo que, gracias al ayuno, se había recogido (cfr. Didascalia Ap., V, 20,18). También hoy hay que redescubrir esta práctica y promoverla, especialmente durante el tiempo litúrgico cuaresmal.
Lo que he dicho muestra con gran claridad que el ayuno representa una práctica ascética importante, un arma espiritual para luchar contra cualquier posible apego desordenado a nosotros mismos. Privarnos por voluntad propia del placer del alimento y de otros bienes materiales, ayuda al discípulo de Cristo a controlar los apetitos de la naturaleza debilitada por el pecado original, cuyos efectos negativos afectan a toda la personalidad humana. Oportunamente, un antiguo himno litúrgico cuaresmal exhorta: "Utamur ergo parcius, / verbis, cibis et potibus, / somno, iocis et arctius / perstemus in custodia - Usemos de manera más sobria las palabras, los alimentos y bebidas, el sueño y los juegos, y permanezcamos vigilantes, con mayor atención". Queridos hermanos y hermanas, bien mirado el ayuno tiene como último fin ayudarnos a cada uno de nosotros, como escribía el Siervo de Dios el Papa Juan Pablo II, a hacer don total de uno mismo a Dios (cfr. encíclica Veritatis Splendor, 21).
Por lo tanto, que en cada familia y comunidad cristiana se valore la Cuaresma para alejar todo lo que distrae el espíritu y para intensificar lo que alimenta el alma y la abre al amor de Dios y del prójimo. Pienso, especialmente, en un mayor empeño en la oración, en la lectio divina, en el Sacramento de la Reconciliación y en la activa participación en la Eucaristía, sobre todo en la Santa Misa dominical. Con esta disposición interior entremos en el clima penitencial de la Cuaresma. Que nos acompañe la Beata Virgen María, Causa nostræ laetitiæ, y nos sostenga en el esfuerzo por liberar nuestro corazón de la esclavitud del pecado para que se convierta cada vez más en "tabernáculo viviente de Dios". Con este deseo, asegurando mis oraciones para que cada creyente y cada comunidad eclesial recorra un provechoso itinerario cuaresmal, os imparto de corazón a todos la Bendición Apostólica.
Mensaje de Benedicto XVI para la Cuaresma 2009

lunes, 16 de febrero de 2009

Nuestra identidad

Caridad y purificación son dos palabras que Jesucristo logró sintetizar con el gesto del lavatorio de los pies a sus discípulos. La revolución de la toalla.
Si acogemos las palabras de Jesús con el corazón atento, nos invita el Evangelio del lavatorio de los pies: a dejarnos siempre de nuevo lavar por esta agua pura, a ser capaces de la comunión con Dios y con los hermanos.
Pero del costado de Jesús, tras el golpe de la lanza del soldado, no sólo salió agua, sino también sangre. Jesús no sólo habló, se entrega a sí mismo. Nos lava con la potencia sagrada de su sangre, es decir, con su entrega "hasta el final", hasta la Cruz.
Su palabra es algo más que simplemente hablar; es carne y sangre "por la vida del mundo". En los santos sacramentos, el Señor se arrodilla nuevamente ante nuestros pies y nos purifica. Pidámosle que seamos cada vez más penetrados por el baño sagrado de su amor y de este modo quedemos verdaderamente purificados. Tenemos necesidad del "lavatorio de los pies", el lavatorio de los pecados de cada día, y por este motivo necesitamos confesar los pecados».
Tenemos que reconocer que también en nuestra nueva identidad de bautizados pecamos. Tenemos necesidad de la confesión tal y como ha tomado forma en el sacramento de la reconciliación. En él, el Señor nos lava siempre de nuevo los pies sucios y nosotros podemos sentarnos a la mesa con Él.

domingo, 15 de febrero de 2009

Eucaristía de Acción de Gracias. Año de San Pablo

Fernando Parra Martín presidente y Eduardo Martín Clemens consiliario del Secretariado Diocesano del Movimiento de Cursillos de Cristiandad en Sevilla,

Se complacen en invitarle a la Eucaristía de Acción de Gracias que, con motivo de la celebración del Año de San Pablo (Patrón del Movimiento de Cursillos), presidirá nuestro Arzobispo, Cardenal Don Carlos Amigo Vallejo.

Domingo 22 de febrero de 2009 a las 19.00 horas.
Salón de Clausuras de la Casa de Cursillos de San Juan de Aznalfarache

(Junto a Monumento al Sagrado Corazón)






SECRETARIADO DIOCESANO DE CURSILLOS DE CRISTIANDAD. SEVILLA.
Calle Segovias, 2. Sevilla 41004. Tf 954 21 68 23; Fax: 954 564 167.e-mail:
mcc-sevilla@telefonica.net

miércoles, 11 de febrero de 2009

La señal de la cruz

El mensaje que en 1858 la Santísima Virgen dio en Lourdes agradece y suplica el dogma de la Inmaculada Concepción. Se presenta como Madre Nuestra, modelo de pureza y virtud. Nos regala a los cristianos la exaltación a la virtudes de la pobreza y humildad que debemos de cultivar. Uno de los mensajes más importante de Nuestra Señora es el de la Cruz. Debemos aceptar la cruz que cada uno debe llevar cultivando la oración, el rosario, la humildad y la penitencia.
"La señal de la Cruz es de alguna forma el compendio de nuestra fe, porque nos dice cuánto nos ha amado Dios; nos dice que, en el mundo, hay un amor más fuerte que la muerte, más fuerte que nuestras debilidades y pecados. Por eso la Cruz se ha convertido en un símbolo imprescindible. Porque Cristo murió en una Cruz para ofrecer a todos, sin discriminaciones, su Amor, su misericordia, su perdón. La Cruz nos dice que el amor es más fuerte que el mal, que es posible la salvación. Ese fue uno de los mensajes de las apariciones de Lourdes: la invitación de la Virgen María a todos los hombres de buena voluntad, a todos los que sufren en su corazón o en su cuerpo, a levantar los ojos hacia la Cruz de Jesús para encontrar en ella la fuente de la vida, la fuente de la salvación".


(Benedicto XVI, Lourdes, 14 de septiembre de 2008).

sábado, 7 de febrero de 2009

Sed Imitadores de Mí

Esta es una de las grandes claves de la vocación de servicio y este versículo es de los que considero clave para todo aquel que ejerce liderazgo en cualquier empresa o área de la Iglesia.
Como diría aquel: "Imitar está tirao". Imitar es lo mas fácil que existe. Es fácil imitar la bondad, la humildad, la santidad, es fácil imitar alegría, felicidad..., definitivamente es fácil imitar las cosas buenas. Y más aún aquellas que no son tan buenas son aun mas fáciles de imitar. Pero, ¿será fácil imitar a Cristo?
Pues desde un argumento sencillo te diría que si hay imitadores de cantantes, de estrellas de cine o de famosos, ¿por qué no hay muchos imitadores de Cristo? Me responderías que imitar a Cristo es muy difícil, pero yo te digo que difícil no es imposible. Que tener como referente y fijarte en Cristo es adecuado pero Él no te pide la perfección. Lo perfecto puede no ser posible, lo adecuado sí.
Imitar a Cristo significa negarse a si mismo, tomar una cruz y seguirlo, es aborrecer todo por su causa, imitar a Cristo significa amar profundamente a tu prójimo, perdonar a los que te ofenden, permitir que todos se acerquen a ti y darle palabras de vida para que restauren su vida.
Imitar a Cristo significa, hacer tesoros en el cielo, predicar las verdades del reino, estar dispuesto a morir por la causa del evangelio.
Imitar a Cristo es vencer la tentación, decirle no al pecado, vivir santamente y obedecer la voluntad de su Padre. ¿Verdad que es difícil imitar a Jesús?
“Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” 1 Corintios 11:1

viernes, 6 de febrero de 2009

Sobre ti fijaré mis ojos

Sigo en la reflexión del Salmo 32 que cerraba el post del cominezo de la semana. La Palabra de Dios nos habla en el versículo que acabamos de ver y leer de dos verdades que dan paz a mi vida cuando hay que decidir y estas son las siguientes:
Te haré entender, porque así mi corazón se siente en paz a la hora de tomar una decisión importante. Estoy seguro que en alguna ocasión te ha pasado que no te sientes cómodo de tomar alguna decisión. Hemos tomado una decisión de la que no nos sentimos seguros y esto es porque todavía no hemos recibido una respuesta de parte de Dios como para tomar esa decisión con absoluta autoridad. Entonces, si comprendes ese "te haré entender", es el momento de recibir la paz y la seguridad de haber tomado la decisión correcta.
En pocas palabras, debes tener tu corazón en paz, que la paz esté contigo antes de tomar una decisión. Y si no es así comprobarás que la opción tomada posiblemente será un seguro fracaso.
Te enseñare el camino en que debes andar, no hay nada mas maravilloso en la vida del cristiano que Dios sea quien nos muestre el camino por el cual debemos seguirle. Y para permitir que Dios me enseñe durante ese camino marcado debo de estar más cerca de Él para conocerlo mas. Debo seguir formándome.
Sobre ti fijare mis ojos, esta palabra estremece mi espíritu, puesto que el amor de Dios es tan grande que además de hacerme entender y enseñarme, también fijara sus ojos en mi para que nada malo me suceda. Se fía de mí al igual que yo confío en Él. Si me pongo a imaginar me diría: "Amigo mío, no tienes porque preocuparte a la hora de tomar esta decisión, puesto que estás en paz, continúas por el Camino de la Vida y la Verdad. Y sobre todo, es mi Padre Dios quien te ayudará y te respaldará". Si hoy tuviese que tomar una decisión no dudaría en ningún momento en tener mi corazón en paz, acercarme a la Palabra de Dios y, entonces Dios me dirá en ese momento: SOBRE TI FIJARE MIS OJOS.

jueves, 5 de febrero de 2009

Un modo nuevo de ver las cosas

No es un mundo que termina, es un mundo que inicia (San Agustín a quienes sufrían angustiados ante la destrucción de Roma y de su imperio)
Sí: la vida nos puede reservar muchas sorpresas. Un terremoto, un golpe de sueño en la carretera, una bomba, y en pocos segundos todo ha cambiado. Quizá perdemos la casa, la salud, el trabajo, o muere algún familiar o amigo. Alguno desearía que no pasara o incluso haber muerto, haber finalizado lo terrenal y llegar a lo celestial para no tener que afrontar todo lo que inicia tras un imprevisto. Pero continuamos VIVOS, y Dios nos pregunta: ¿qué vas a hacer ahora?
Dicen que la depresión es una enfermedad cada vez más fuerte en el mundo moderno. Desgracias, derrotas, abandonos, nos martillean y nos hacen verlo todo triste, oscuro. Sin embargo, deberíamos colocar el fracaso en su lugar: se ha cerrado una puerta, pero muchas otras siguen abiertas. La vida continúa.
En cada uno de nosotros se esconden energías insospechadas. Esas energías no se ponen en marcha si no hay un amor que las mueva. Una mujer o un hombre pueden llevar una vida mediocre, tibia, oscura, insatisfecha. De repente, un hijo enfermo les hace despertar, y sacan fuerzas que nadie habría imaginado. Pueden pasar horas y días en el hospital, o en casa, en jornadas agotadoras por los ejercicios de rehabilitación. El deseo de vivir y el amor les dan una energía insospechada. Y llegan a ser, de un modo misterioso, casi omnipotentes.
Otros, en cambio, son incapaces de dar un paso adelante. El dolor les paraliza, la tristeza les oprime, la herida les lleva a llorar sin esperanza. El tesoro de energías que se esconde en su espíritu está abandonado, arrumbado, quizá incluso empieza a deshacerse.
Dicen que la vida es darse, es desgastarse. Cada minuto que pasa nos “arruinamos” un poco. El mismo gastarse nos enriquece, si nos hemos “gastado bien”. No todos tenemos claro lo que debemos hacer en cada momento. Pero sí podemos, con los ojos fijos en el cielo, gritarle a Dios y pedir un poco de su luz y de su amor.
Con su compañía se hace fácil y llevadero el camino, y todo adquiere un color especial, distinto, nuevo. Nuestros ojos se hacen frescos como los de un niño que admira, por vez primera, la lluvia que forma burbujas en el suelo, mientras atrás le miran, llenos de esperanza, unos padres que quieren ser, siempre, nuevos y grandes en su amor de esposos.
Por eso yo digo: "Cuando creas que has llegado entonces es momento de empezar".

martes, 3 de febrero de 2009

Para los cristianos la cruz no es opcional

Reflexión hecha por el Papa Benedicto XVI, en la catequesis del Angelus (31 agosto 2008.)
Queridos hermanos y hermanas: para llevar a pleno cumplimiento la obra de salvación, el Redentor sigue asociando a sí y a su misión a hombres y mujeres dispuestos a tomar la cruz y a seguirle. Como le sucedió a Cristo, también para los cristianos cargar con la cruz no es algo opcional, sino una misión que hay que abrazar por amor. En nuestro mundo actual, en el que parecen dominar las fuerzas que dividen y destruyen, Cristo no deja de proponer a todos su invitación clara: quien quiere ser mi discípulo, reniegue de su egoísmo y lleve conmigo la cruz. Invoquemos la ayuda de la Virgen santa, quien siguió a Jesús por el camino de la cruz en primer lugar y hasta el final. Que ella nos ayude a seguir con decisión al Señor para experimentar ya desde ahora, a pesar de la prueba, la gloria de la resurrección.

domingo, 1 de febrero de 2009

El camino de la voluntad de Dios

Tras todos los desgraciados acontecimientos sucedidos en los últimos días se me viene a la cabeza qué sucedería si las cosas ocurrieran como a nosotros nos gustaría que pasasen. La vida no es siempre fácil ni justa, ni aún para el cristiano. ¿Qué hubiese ocurrido si en un momento dado Jesús no hubiese andado por el camino de la voluntad de Dios? ¿Qué hubiese pasado si se hubieraplantado? ... y razones humanas tuvo.
Por eso, mi reflexión acerca de la voluntad de Dios hace que, pese a todos las circunstancias, reconozco como cristiano que debo seguir por el camino de la voluntad de Dios. Y ante todo aquello que no es explicable, no es justo o pueda parecer que vaya contra el amor de Dios, debemos los cristianos seguir adelante, mirar más allá y continuar la andadura que Dios tiene para con nosotros y los nuestros.
En muchas ocasiones de nuestra vida es impensable ponerlos a dar razones de algo que ni Cristo en la cruz coronado de espinas pudo entender: la voluntad de Dios.


Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes seguir; sobre ti fijaré mis ojos (Salmo 32:8)
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